Por Jorgelina Di Iorio; Paula Goltzman; María Pía Pawlowicz; Javier Castagnola;
Damián Fernández Courel; Lila Solano, Gastón Núñez
Intercambios Asociación Civil/ Fundación Armstrong
2012
Disponible en http://issuu.com/federiconantes/docs/j__venes_y_uso_de_drogas._implement/1
Ver también http://ficherofn.blogspot.com.ar/2015/06/no-te-sientas-zarpado-promocion-de.html
Extractos:
"(... )En el caso de los jóvenes, la preocupación por el consumo de drogas es parte de la agenda pública en general, y de la de las escuelas medias en particular, siendo el enfoque preventivo el que hegemoniza dicha agenda.
Según Touzé (2010), la formación sobre el uso problemático de drogas y su prevención responde, generalmente, a enfoques reduccionistas y monodisciplinares, que reduce el problema a los efectos producidos por el uso de drogas. Las cuestiones relativas a la atención del uso problemático y al tipo de dispositivos posibles desde el espacio escolar están menos desarrolladas. Y cuando aparecen se presentan como nuevas formas de castigo y de control social, en tanto que el uso de drogas se define como práctica social desviada (considerada como delito o enfermedad), individualizándose las dificultades humanas y minimizando su naturaleza social (Touzé, 2006).
El acercamiento en el ámbito educativo al tema drogas se caracteriza en general por traducirse en propuestas centradas en lo preventivo, donde se focaliza en los jóvenes sobre la base de definiciones del riesgo (Kantor, 2008).
Con frecuencia se escucha en el ámbito educativo que la función de la escuela debe ser estrictamente prevenir y que la atención debe ser por “fuera” de la escuela. Son típicas por ejemplo las clases donde se describen las sustancias ilegales y sus efectos químicos en el cuerpo.
Siguiendo a Di Leo y otros (2011), las propuestas preventivas, en su mayoría, podrían responder a conceptualizaciones de los adolescentes y los jóvenes basadas en la negación de sus capacidades y en la negativización de sus prácticas (violencias, transgresiones, riesgos sociales), que configuran escenarios institucionales en los que se “obstaculizan las posibilidades de (re)construcción de lazos sociales y los trabajos de reconocimiento mutuo, fundamentales no sólo para el fortalecimiento y/o institucionalización de todo tipo de estrategias de promoción de la salud en ámbitos educativos y, en general, para la reconstrucción, fortalecimiento y relegitimación de la escuela secundaria en el contexto actual” (Di Leo y otros, 2011:7).
A esta característica de los espacios de atención, también se suman otras limitaciones propias de los modelos sustentados en la abstinencia, así como también las dificultades en la accesibilidad para los usuarios de drogas a los servicios de salud y salud mental. Frente a esto, los dispositivos de atención basados en intervenciones territoriales, y fundamentados desde el paradigma de la reducción de daños han ido ganando aceptación. En ellos se consideran las relaciones de las personas, las sustancias y los contextos de uso, adecuándose las intervenciones a las características de los usuarios y de la comunidad donde se implementan (Galante y otros, 2009). (...)